Salud y Cuidados

Alteraciones del Desarrollo Psicomotor

Por Maria Doval

Cuando nos referimos a trastornos o alteraciones del desarrollo psicomotor en los niños, siempre nos resulta inquietante tanto a los padres como a los maestros. Obviamente no se trata del retraso que puede suponer para el niño en la clase de danza, sino que hablamos de desequilibrios del desarrollo psicomotor ordinario que interfiere en actividades cotidianas o menos complejas, y que por ende se manifiesta también en las clases de ballet.

La mayoría de las veces, se trata de trastornos sin base orgánica, y llegan a clase bajo diversas circunstancias: para recibir una estimulación a través de la danza -normalmente recomendado por pediatras o terapeutas – o bien, los padres no reconocen los inconvenientes del niño en determinadas áreas y es el profesor de danza quien debe recomendar un tratamiento conjunto con apoyo médico y/o psicológico.

Asimismo, los niños que padecen alteraciones manifiestan diferentes conductas en clase: por un lado, están aquellos que a pesar de presentar mayores dificultades con respecto al grupo disfrutan de la clase y por tanto la danza resulta un aliciente; y por otro lado, están aquellos que se sienten aquejados por su torpeza y acaban rechazando la danza sencillamente por inhibición. En estos casos, los niños suelen poner pretextos tales como “el ballet es aburrido”,“no me gustan mis compañeros” o “el profesor me grita” cuando en realidad el niño no se siente socialmente adecuado.

Que actitud se debe tomar en clase frente a niños con estos trastornos?

En primer lugar observar atentamente cada nuevo alumno: cuando trabajamos con niños es primordial anticiparse a captar cualquier tipo de alteración psicomotora o retraso en ciertos campos y puntualizarlo detalladamente ante padres o tutores.

Los trastornos más frecuentes son inestabilidad motriz, trastornos de la coordinación dinámica, estática y postural, trastornos en disociación de movimientos, o simples descargas motrices que suponen frustración, ansiedad, o pautas depresivas (como chupar el dedo, o como el caso de una alumna mía que chupaba las mangas de su maillot hasta dejarlo empapado)

También hay ocasiones en que llegan niños con fobias de tipo social que les impide bailar y se muestran incapaces, por tanto su incompetencia en clase es derivada de un miedo que debemos precisar bajo diferentes criterios de estímulo. O incluso, niños con retraso madurativo leve que con tiempo suficiente y soportes profesionales son habitualmente reversibles.

En segundo lugar, no es recomendable fomentar diferencias de ninguna índole con respecto al grupo, lo cual comprende que no debemos sobreproteger a ese niño, ni tampoco ignorarlo esperando a que mejore por sí solo. Es necesario integrarlo en el conjunto de sus compañeros y apoyarlo en cada dificultad, dando tiempo a su evolución.

Conclusión:

La estimulación temprana es vital para que todos los casos de alteraciones se enfoquen bajo el diagnóstico y tratamiento adecuado, y si nuestra labor está apoyada por padres y médicos las posibilidades de mejoría y adaptación del niño estarán garantizadas.

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Niños sedentarios

Es una creencia común que, cuanto más corren y saltan los niños, mejor lo pasan. Pero no todos los pequeños son «torbellinos» que no paran, ni todos disfrutan con los juegos que requieren ejercicio físico. Algunos niños los rechazan porque se sienten torpes, inseguros, porque no han tenido suficientes experiencias motrices… Se sienten más a gusto realizando actividades más tranquilas.

Percibimos el carácter de los niños desde que son bebés. Los hay tranquilos, que se quedan plácidamente en la cuna y, en la interacción, sonríen, miran, balbucean. Pueden pasar mucho tiempo mirándose las manitas o se entretienen observando un móvil. Otros, por el contrario, agitan las piernas y se mueven sin parar cuando los miran y, así, provocan que los cojan. Los dejan en un rincón de la cuna, y aparecen en el lado contrario.

Pero, aparte del propio carácter del niño, hay diversos factores que favorecen o dificultan el desarrollo psicomotriz. Uno de ellos es la cantidad de experiencias motrices que ofrecen los padres al bebé: si lo dejan la mayor parte del tiempo tumbado o sentado o bien permiten que pase ratos en el suelo y que tenga, así, la oportunidad de ejercitar la coordinación y el equilibrio, al experimentar cambios posturales (de sentado a tumbado, de tumbado a sentado, de rodillas a sentado o de pie…). Otro factor importante es el entorno físico del niño: si vive en un lugar más cálido o más frío; si está o no en contacto habitual con superficies que favorecen el desarrollo psicomotriz, como la arena de la playa; si pasa mucho tiempo en casa o, por el contrario, sale con frecuencia a la calle o al parque y corre por distintas superficies y pendientes, se sube a los sitios, salta… También influye si el niño gatea mucho (con el consiguiente desarrollo psicomotor, de coordinación de manos, vista y piernas) o no lo hace. O si sus padres son jóvenes o mayores, personas activas o pasivas.

Niños a los que no se les da bien el ejercicio físico

Pero algunos niños, a pesar de que acumulan mu­­chas experiencias motrices, se muestran torpes, len­­tos, descoordinados y tienen mal equilibrio, por lo que tropiezan, se caen, chocan y se golpean con frecuencia. Las razones pueden ser por: su desarrollo visual no se corresponde con el de su cuerpo, tienen tapones en los oídos y por eso caminan más inseguros y con menos equilibrio, tienen los pies planos, son más hipotónicos… O, simplemente, niños que tardan más en organizar su esquema corporal. Estos niños aprenden a permanecer quietos. Desarrollan juegos que exigen estar tranquilo (juegos de mesa, trabalenguas…). En el recreo, prefieren intercambiar cromos o canicas que jugar al fútbol, o hablar con las amigas y cantar que jugar al pilla-pilla. Pueden ser grandes lectores, grandes dibujantes. Disfrutan mucho más con actividades sedentarias y como no se sienten seguros en juegos de ejercicio físico, los evitan. Es una actitud que no tiene por qué suponer un problema, salvo en el caso de los individuos con riesgos de obesidad (que además ya estará advertido por el pediatra)

Para que un niño que evita el ejercicio físico se acostumbre a realizarlo e incluso llegue a disfrutarlo, más útil que forzarle es invitarle a participar poco a poco, sin presionar, y poner de relieve el beneficio de la compañía o de la pertenencia al grupo, puesto que partimos de que no obtiene el placer derivado del propio ejercicio.

Consecuencias del sedentarimo infantil

El sedentarismo dificulta el desarrollo óseo normal de la columna vertebral, conlleva la pérdida de fuerza y resistencia muscular, además de incrementar las enfermedades cardiovasculares y el riesgo de depresión.

Se ha comprobado que la incidencia de dolencias de columna aumenta a partir de los 10 años, por ello las campañas de prevención y promoción de ejercicio físico regular deben enfocarse a los escolares de menor edad ya que es más fácil mantener la práctica de este hábito cuando se inicia en la infancia.

Adaptación de texto de ConMisHijos.com