Clase de Ballet

La Révérence en la clase de ballet

No importa qué tan emocionante sea la última parte de una clase de ballet, la clase no ha terminado hasta que usted no haga su reverencia.

Una reverencia siempre se hace al final de la clase y es una antigua tradición de ballet en reconocimiento al maestro y al pianista, además de mostrar cortesía, elegancia y respeto.

En algunas clases de ballet la costumbre de la reverencia es un ritual inmutable, y en otros, el maestro puede coreografiar una diferente cada vez. Puede tomar la forma de una simple reverencia con una  port de bras, o una serie de pasos más elaborados con port de bras y cambios de dirección.

La révérence nunca es demasiado exigente técnicamente, pero hay mucho que se puede aprender para hacerlo cada vez mejor. Si no cumple con las exigencias técnicas de la clase, se puede  perder la hermosura de su reverencia, ya que necesita práctica para resultar grácil, puesto que no es una práctica normal en la vida diaria.

La Reverencia será esencialmente el desarrollo de buenos modales sobre el escenario y en su relación con el público.

Fuente: The Ritual of the Reverence

Clase de Ballet

Los niños en la danza: Crear puentes de comunicación entre padres y profesores

Por Maria Doval

Pensar que todos los padres que llegan por primera vez a las clases de ballet con sus pequeños han recibido suficiente información sobre nuestra disciplina sería utópico. Pero obviamente, tampoco se pide que los papás tengan que estudiar un tratado sobre la práctica de la danza clásica antes de introducirse en la materia, sino lo que pretendemos es compartir con ellos la educación artística de sus hijos/as, y que colaboren en los procesos de aprendizaje  animándoles a establecer un diálogo positivo entre niños, padres y profesor consolidando vínculos de confianza, y estableciendo los recursos apropiados. Debemos tener en cuenta que si el profesor está mejor informado del entorno del niño y de sus capacidades de aprender, podrán actuar de la forma más conveniente y de acuerdo a sus posibilidades.

¿Cuál es el propósito? Fundamentalmente velar por el bien de los pequeños y ayudarles a que tengan un experiencia favorable y beneficiosa durante el periodo de su vida que dediquen al ballet.

Por mi propia experiencia puedo afirmar que la falta de diálogo con el maestro y la ausencia de conocimiento por falta de los padres, ya sea por desinterés, por falsas creencias, o simplemente por miedo a establecer contacto, se traduce en:

1. Fomentar en el niño falsas expectativas, antes de saber si el pequeño está cualificado o no. Los padres deben mostrar interés y ser conscientes de la situación de su hijo y de las posibilidades que tiene de bailar, ya sea como profesión o afición. Se dan casos (según la Prof, Julia Resina) en los que los padres no quieren ver el problema de sus hijos, les dan la razón en todo y culpan por ello al maestro, sin preocuparse de tener una información previa, El maestro de convierte en enemigo y no en aliado de los padres.

2. Crear en el niño ansiedad por bailar y en ejecutar “pasos difíciles”, desconociendo que la danza tiene determinados tiempos y estructuras, y que los niños requieren adaptación y paulatina madurez para afrontar la nueva tarea de bailar.

3. Pensar que la danza es una tarea sencilla desconociendo absolutamente que el trabajo es bastante arduo. (Léase también “Porque se abandonan las clases de ballet” )

4. Sentarse a mirar una actuación del niño en forma examinatoria, fomentando miedo e inseguridad, y no dejar que el niño disfrute con alegría de sus primeras experiencias en el escenario. Esto podría evolucionar a corto y medio plazo en la aparición de síntomas relacionados con el miedo o pánico escénico, difíciles de erradicar y perjudiciales para el desarrollo del individuo en las artes escénicas o en cualquier actividad que suponga exposición a otros grupos de personas.

5. No comprender que la danza es una tarea rutinaria que requiere de repeticiones múltiples, pensando que el niño debe aprender pasos nuevos continuamente, frustrándole en sus logros. Los niños, sobre todo los más pequeños, necesitan crear hábitos de entrenamiento, lo que les aportará seguridad y confianza para ir introduciendo lentamente nuevas habilidades.

6. En las reuniones de padres no se pronuncian dudas, inquietudes o desacuerdos. Se habla a espaldas del maestro y se corroe así el entendimiento y la buena educación dentro de la comunidad. También se manifiesta a menudo el uso de un “doble lenguaje” (en palabras del Profesor Bernabé Tierno) que nos aleja del principio de sinceridad mutuo. Esto implica no decir lo que se piensa con franqueza lo que disminuye la capacidad de dialogo y acuerdos entre padres y maestros.

7. Pensar que el profesor de danza debe actuar como psicólogo en las más variadas dificultades de la conducta infantil cuando no tenemos obligación, competencia ni acreditación que así lo disponga. Niños con problemas de conducta deberán ser remitidos a los profesionales cualificados según lo disponga el médico de cabecera u orientadores escolares, y no serán admitidos en clase en tanto no reciban la guía psicológica y/o psiquiátrica que confirme que está capacitado para asistir a clases de ballet sin obstaculizar el aprendizaje de otros niños. También téngase en cuenta que la familia es un punto de referencia  principal para el niño. Su principal incentivo y modelo lo encontrarán en sus padres.  Ante situaciones de inadecuación social deberá hacerse un estudio que incluya padres e hijos de forma externa y al margen de las clases de ballet.

8. Tratamiento discriminatorio o diferencial hacia el profesor cuando se trata de una mujer, situación que no se produce cuando el docente es masculino, lo que induce a interiorizar en el niño estereotipos de género y asimismo, origina una discriminación y/o  devaluación de la danza en relación con otras asignaturas.

9. Desvalorización de la carrera profesional de danza y de los conocimientos del profesor en la materia, considerándolo menos capacitado que otros profesionales de la enseñanza.

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Fotografía de Keith Dixon

Como se puede apreciar, hay pensamientos opuestos, contradictorios y carentes de toda lógica y veracidad.  Afortunadamente estos sucesos no cursan siempre, ni se dan en todos los ámbitos o entornos educativos, pero en ciertas ocasiones es mucho más habitual  de lo que se supone. La danza académica es una realidad tan compleja como la sociedad misma en su interacción, evolución y enseñanza, siendo variable según los diferentes entornos y patrones culturales, y su éxito o rendimiento es proporcional al nivel de evolución de las comunidades de individuos donde se desarrolla.

El acercamiento a la danza de grupos sociales que antes no tenían acceso a ésta marcan este tipo de conductas. El auge de las comunicaciones, sumado a series de televisión, y productos que venden ballet con fines comerciales – no artísticos – , ha traído una nueva ola de interés en el sector por parte de colectivos que, en otras épocas, no hubieran llegado siquiera hasta la puerta de una escuela de ballet.

Y dentro de estos nuevos colectivos, hay gente con suficiente categoría humana e interés que desea escuchar y aprender, otros que lamentablemente tienen violentos arrebatos de incultura que nos impiden dialogar, y algunos que no quieren admitir su desinformación en el área ni se abren al diálogo, formando corrientes de opinión falsas carentes de criterio y fundamento. (Léase también “Falsos mitos sobre la práctica del ballet” )

Por supuesto que en Rusia y en otros países la danza es popular y cotidiana. Pero estamos en España, en una sociedad muy diferente a la rusa y la realidad que se aprecia en nuestros ámbitos obreros y rurales es muy opuesta. La carencia de formación académica no debiera estar reñida con educación y las maneras, pero lo cierto es  que la estadísticas confirman lo contrario. Y por ende, se hace más complejo para el maestro trabajar de forma unilateral con los alumnos, sin recibir el apoyo moral de las familias y/o escuelas cuya instrucción en civismo y disciplina se pasan a menudo por alto, o no se tienen en cuenta.

Por un lado, se conoce explicitamente que el consumo de nuestro arte es de carácter históricamente elitista. De esta manera, aparecen individuos que utilizan las clases de ballet de sus hijos/as como falsa herramienta de ascenso social y/o cultural que carecen de un interés efectivo en la formación del niño. Resulta inusual que este tipo de sujetos demuestre autentico inclinación hacia la materia.

Otros apuntan a sus hijos a clases de ballet, pero no tienen idea de lo que es, ni en que consiste, se apuntan sin más “para ver que pasa”

Y otros, y en el menos frecuente de los casos, inscriben a sus hijos porque quieren enriquecer su formación y saben que la danza es una excelente forma de establecer rutinas de trabajo y normas de socialización, al tiempo que se introduce al  niños en sus primeros contactos con las artes. Este nivel suele corresponder a individuos de formación universitaria o bien, ocupan puestos de responsabilidad y competencia en su ámbito laboral.

En definitiva, la única constante es el nexo de unión entre la disciplina y los individuos, representada por el maestro, cuyo vínculo es necesario fortalecer, renovar y mantener por el bien común con las únicas herramientas eficaces que tenemos a nuestro alcance: el respeto, la educación y la cooperación mutua.

La danza es una manifestación artística y cultural que debemos construir entre todos. La danza requiere un modelo de educación coherente donde el desierto en torno al dialogo con un maestro que actúa solo, aislado e incomunicado de los distintos agentes que participan activa o pasivamente en la labor, no tendrá posibilidades ni futuro de concebir una misión provechosa y formativa que aspire a mejorar el acervo cultural de las nuevas generaciones.

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Mantener el equilibrio: una tarea difícil y esencial

Por Maria Doval

Recuerdo que hace unos años atrás tuve una joven alumna a la cual le suponía un enorme esfuerzo mantener el equilibrio en los giros. Y esa labor, en la mayoría de las ocasiones, suponía que la alumna debía abandonar la clase por fuertes mareos que le impedían seguir adelante.

Ante estos casos de imposibilidad es importante no forzar al alumno a continuar ya que no sabemos el origen del problema, e incluso a veces ni siquiera él mismo conoce la causa. No se descarta el miedo, que es un factor que se suele manifestarse habitualmente (miedo a caerse, golpearse o lesionarse), pero ante el vacío de no contar con un diagnóstico preciso y si los mareos invalidantes se presentan con frecuencia, es necesario derivar al alumno a la consulta médica para descartar posibles problemas orgánicos.

Ahora bien, mantener y “sostener” el equilibrio en la danza es una tarea tan difícil como necesaria, y es preciso conocer y transmitir a nuestros alumnos las herramientas para perfeccionarlo, como así también advertir que si no se consigue un resultado aceptable, la continuidad en la danza puede anularse completamente ante la inviabilidad de no alcanzar unos mínimos objetivos si el problema responde a una causa no apta de ser mejorada (En este sentido, es necesario admitir la importancia que tiene la estimulación del equilibrio desde temprana edad para el desarrollo global del alumno)

Tampoco se trata de desmoralizar al sujeto ante las primeros intentos fallidos, ya que todos sabemos que el equilibrio en la danza se aprende y se mejora con el hábito y la edad del estudiante, conociendo los criterios técnicos de cada práctica, dependiendo del tono y desarrollo muscular, empleando adecuadamente los procedimientos para operar cambios en los ejes y alineación corporales, y de igual manera, asumiendo el riesgo de una caída.

Asimismo, la fascinación que despierta el placer del giro es una ventaja añadida a la importancia técnica y anima al reto, ya que, la práctica frecuente es útil para perder el miedo, superar el mareo y ganar en seguridad y confianza.

Pero en la vida no todo es girar, también se requiere equilibrio para múltiples combinaciones de movimientos, para controlar posiciones en reposo, para el trabajo de puntas o bien, para sostener posturas con diferentes grados de dificultad, alturas y direcciones sin perder la estabilidad ni la compostura. Mantener el equilibrio no implica meterse en un brete, sino que es una necesidad y exigencia de la cual debemos experimentar el gozo y provecho de saber aplicarlo conforme a la acción. Conseguir estabilidad a cualquier precio no es el objetivo, es decir, debemos ser implacables ante las distintas argucias que emplean las alumnas principiantes para resistir y sostener posiciones que la mayoría de las veces no son académicamente correctas. Y efectivamente, animar a los estudiantes a apreciar su importancia y promover la práctica mediante los diferentes métodos de los que disponemos, ya que, el correcto balance se ejercita, se estimula y se adquiere – en mayor o en menor proporción –  con la costumbre y el ejercicio, siempre que contemos con unas condiciones físicas y psicológicas saludables.

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Después de clase, ¿es bueno practicar ballet en casa?

La respuesta es sí. Pero hay que tener en cuenta las siguientes recomendaciones:

Los niños pequeños, entre 2 y 7 años, pueden practicar y repetir en casa lo aprendido en clase. Aún no se han iniciado en la técnica y pueden hacer solos los ejercicios simples que van aprendiendo.

Entre los 8 y 10 años, o al iniciarse en las primeras etapas de la técnica, no es recomendable practicar fuera de la vigilancia del profesor. Al practicar solos pueden incurrir en errores que si se vuelven crónicos resultan difíciles de erradicar. Ejercicios de estiramiento y elongación pueden hacerlos en casa.

Cuando el alumno cuenta con un cierto conocimiento técnico puede ejercitar movimientos en casa siempre que el profesor autorice la práctica. Ejercicios de estiramiento y elongación siempre son aconsejables.

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Clase de Ballet

¿Por qué se abandonan las clases de ballet?

Por Maria Doval

A menudo los padres se preocupan porque a sus hijos les gusta mucho el ballet, pero éstos no sienten deseos de asistir a las clases, lo cual es interpretado como una incoherencia. Y asimismo, en ocasiones el niño se comporta en casa de una forma muy diferente que en su clase de ballet. Porqué?

Los padres suelen mostrarse sorprendidos ante la ambigüedad que manifiesta el niño entre “la clase” y “su casa”, pero no es lo mismo encender la radio y ponerse a bailar de cualquier manera o disfrutar con un alguna película de ballet, que seguir las normas de una clase.  Otras veces, los padres no tienen conocimientos sobre danza y suponen que sus hijas deben saber bailar a corto plazo causándoles una negativa ansiedad, o incluso no saben admitir y reconocer las limitaciones de sus hijos y las necesidades que la danza requiere.

Por mi parte, yo supongo que debe ser una desilusión para aquellos padres que sueñan en convertir a sus hijas en refinadas bailarinas, y que admitir que el niño/a no sirve para bailar a veces no es fácil. Pero la realidad es contundente y la gran culpa de este suceso está originada en la ausencia de perseverancia, voluntad y compromiso del alumno, o un carácter personal o cualidades psicofísicas que no se ajustan al perfil de un estudiante de danza.

No obstante, hay que saber diferenciar entre las dos formas de disfrutar de la danza: por un lado hay individuos que gozan de sus clases y de sus resultados, y por otro, el gusto por la contemplación de la danza. Ambas modalidades son muy diferentes a la hora de percibir este arte.

Que a un individuo le apasione la contemplación del ballet no implica necesariamente que le guste asistir a clase. La clase de ballet es muy distinta al trabajo escénico y se basa en ejercicios múltiples y repeticiones diarias con mayor o menor grado de dificultad. Y el hecho de llegar a subir a un escenario y bailar profesionalmente es un camino arduo y largo, de modo que hay niños y jóvenes que se desmoralizan rápidamente porque el trabajo de clase no se corresponde con lo que ven en teatro o en la tele. Y normalmente, aquellos que tienen mayor dificultad son los que abandonan prematuramente por no sentirse adecuados a las exigencias, y como es de esperar, al final del camino siempre quedan los mejores.

Además, la acción de poner una música en casa y bailar libremente no implica que ese niño tenga aptitudes para una clase de danza, ni siquiera que le guste la danza.

También hay niños y adultos que no tienen grandes cualidades y disfrutan de las clases, evidentemente. Pero el abandono de clase o la falta de ganas se traduce en que el ballet diario no es tan mágico como los espectáculos lo muestran, sino que supone paciencia, voluntad y alto nivel de constancia, pautas que no todas las personas toleran. El bailarín es un auténtico especialista en vender ilusiones, lo que no comprende que su vida detrás de la escena sea igual de fascinante. Su belleza y plasticidad son fruto de un laborioso quehacer y de muchas horas de dedicación y donde el típico “hoy no tengo ganas de ir a clase” está fuera de su vocabulario. El sacrificar horas de juego durante la infancia es parte natural de la danza, pero se trata de una elección personal y de una forma de vida. De hecho, si un niño habitualmente prefiere quedarse en casa antes de ir a clase, nos está advirtiendo implícitamente que está mejor en la butaca que sobre el escenario. O dicho en otras palabras, que la práctica no es lo suyo.

Por otra parte, en un mundo donde la búsqueda de placer fácil y a corto plazo es lo que se impone, está claro que el ballet no se ajusta a ese modo de entender la vida. Hay padres que lamentablemente no saben inculcar hábitos de responsabilidad y disciplina, y si un día el niño tiene una fiesta de cumpleaños o no tiene ganas de ir a clase, sus padres lo asienten y lo aceptan. Y eso perjudica la visión del niño sobre la importancia de encarar las actividades que eligen con responsabilidad y seriedad dando origen a lo que más adelante – y en el peor de los casos – será derivado en bajas laborales de dudosa justificación, llegar tarde a sus obligaciones y no cumplir satisfactoriamente con lo que se le exige. Hábitos que en nuestro país están a la orden del día.

Por mi parte, nunca he sido una alumna perfecta, de hecho, he tenido momentos de mayor apatía o agotamiento, pero mis padres no dejaban que cayera en el abandono exhortándome a comprometerme con lo que yo había elegido. Por desgracia, estas generaciones de papás están empezando a decaer y prima sobre todo el placer inmediato y la satisfacción por encima del trabajo y la obediencia. Y el placer inmediato supone mirar un ballet, no practicarlo.

De esta manera y la mayoría de las veces, padres bastante más jóvenes e inexpertos que un maestro en cuestiones infantiles, los que sin entender claramente la falta de rendimiento de sus hijos, no saben a quien remitir las culpas cuando las cosas no funcionan.

Afortunadamente, no todos son iguales y sería muy injusto generalizar, pero en este ámbito es muy fácil encontrar este tipo de elementos, por eso creo conveniente puntualizarlo. Y a través de mi modo de ver, animo a profesores y bailarines a no dejarse oprimir por el tono combativo con que la ignorancia naturalmente se manifiesta.

En definitiva, ser bailarina no es solo un físico, sino que ser bailarina es una forma de ver, actuar y afrontar la vida. Y puedo afirmar con plena convicción que una bailarina no se hace, sino que las bailarinas nacen y luego se perfeccionan. Y la mayor ilusión en la vida de un maestro es llegar a encontrar y formar a ese alumno total al que buscamos incansablemente, a aquel que viene a clase todos los días y que sabe desafiar sus flaquezas, que nos obliga a superarnos como profesores, y el que pone todas sus fuerzas en afrontar con pasión y entusiasmo el reto de aprender a bailar.

Clase de Ballet

Miedo a la clase de ballet

Por Maria Doval

Para algunos niños de entre 2 y 4 años sentir miedo a la hora de entrar a la clase de ballet es absolutamente normal, sobre todo en las etapas de inicio del ciclo lectivo. Sentir miedo es bastante común y muy propio de esta fase de crecimiento, de modo de los padres no deben preocuparse ya que se supera la mayoría de las veces de forma sencilla y espontánea.

El miedo a separarse de los padres o entrar en un ámbito aún desconocido como la clase de ballet son los móviles que inducen a manifestar ese tipo de sentimiento que no debe inquietar en absoluto a los padres ya que podemos calificarlo como un miedo positivo y conforme a la evolución natural de los niños e inherente a esta etapa de desarrollo. También es cierto que hay niños que son más independientes que otros y no presentan este tipo de sensación al presentarse en las primeras clases. Pero es muy  importante atender a aquellos cuyo miedo perdura de forma desproporcionada en el tiempo o les suscita un estado de ansiedad desmedido, no adecuado a la situación que la clase de danza supone.

Qué debe hacer el profesor frente a casos de difíciles de encausar?

En primer lugar, debemos ajustarnos a nuestra profesión y cometido. Esto significa que somos maestros, algunos con mayor o menor grado de experiencia en niños y bebés, pero no psicólogos de profesión. Asimismo, debemos poner en juego nuestro conocimiento y alcance pedagógico para integrar, orientar y ayudar a cada niño en su proceso de adaptación, pero no podemos paralizar o entorpecer el debido progreso de las clases para atender a casos concretos de ansiedad que se prolongan en el tiempo. De modo, que comunicarse con los padres y explicarles claramente lo que nosotros observamos en ese niño y los resultados que obtenemos es el primer paso. No obstante, es preciso analizar la actitud de los padres ante el miedo del niño, ya que si éstos fomentan miedos como prácticas educativas, o no saben alentar a sus hijos positivamente, no obtendremos resultados trabajando de forma unilateral.

En este sentido, recuerdo que he tenido una alumna de 4 años cuya madre inducía el miedo de su hija – tal vez inconscientemente – y en el transcurso de los meses la situación de inseguridad de la niña se incrementaba dificultando los procesos de aprendizaje del resto del grupo. Evidentemente, si esa mamá no buscaba ayuda de un psicólogo no podía continuar trayendo a su hija a las clases. Esto implica que si los padres no están dispuestos a reconducir determinadas situaciones o conductas, nuestro quehacer como profesores ha terminado y debemos abocarnos a priorizar nuestra labor sobre padres y niños con intereses eficientes hacia la danza, que es la principal razón que nos convoca en clase. Estas dificultades de adaptación no resueltas, o sin vías de resolverse, conllevan la paralización constante de los ejercicios, pérdida de atención del grupo, entradas y salidas de padres del aula y un ambiente escolar cercenado y limitado por cuestiones ajenas a la danza.

También es verdad que la danza actúa como terapia en muchas situaciones y problemas de conducta infantiles, siempre y cuando la clase de ballet se desarrolle bajo determinados fundamentos, criterios de orden y cooperación entre padres, maestros y alumnos.

Tipos de miedos según la edad

Entre los 2 y 4 años el miedo a lo desconocido o perder de vista a sus papás durante un breve lapso de tiempo puede causarles miedo y angustiarles. Pero en la medida en que se establecen vínculos con su maestro y compañeros de clase, el miedo y la inseguridad desaparecen y despiden a sus padres con alegría frente a la puerta del aula de ballet

Entre los 5 y 6 años aún están muy apegados a sus papás, pero ya cuentan con un grado de reflexión mayor y conforme avanza el curso adquieren un mayor autonomía.

Entre los 7 y 12 años comienzan a manifestarse miedos de otra índole. Ya saben que sus padres no se marchan a ninguna parte, de modo que les preocupa la posible falta de habilidades sociales o físicas en la danza, y cuyo miedo hay que tratar bajo otros criterios si el rendimiento del alumno se viera mermado por alguna de estas razones.

Cómo ayudar a los niños con miedo

Identificar lo que les produce miedo a los más pequeños de forma concreta a veces no es fácil ya que no saben expresarlo. Normalmente suelen pedir la presencia materna, sin posibilidad de dar más detalles del motivo. En este caso, debemos dar tiempo a nuestra observación y estar muy atentos sobre las situaciones que desencadenan esa leve crisis de miedo. A menudo pueden sentirse abatidos por compañeros agresivos o bulliciosos, o se muestran sensibles y mediatizados por las actitudes y talante del profesor. De esto se deduce la necesidad de mantener la concordia y la integración entre los diferentes miembros del grupo y de esta manera ayudar a los más pequeños a tener una experiencia relajada y feliz en la danza.

La comprensión de sus limitaciones debe ser prioritaria, si regañamos a un niño miedoso o bien, le avergonzamos frente al grupo, evidentemente estaremos causando un efecto altamente negativo mermando su confianza. Lo prioritario es fomentar gradualmente su autoestima y saber elogiar sus logros para ir construyendo su autonomía de forma equilibrada y conforme a lo que se puede esperar de él según su edad.

Y puedo afirmar con conocimiento de causa que no siempre miedoso es sinónimo de torpe o patoso. A menudo, muchos educadores infantiles no pertenecientes a la pedagogía del movimiento suelen etiquetar a este tipo de niños sin tener la necesaria cualificación, causando preocupaciones en padres y diagnósticos falsos. Por ese motivo es indispensable pedir una evaluación a un profesional del movimiento para verificar aquellos veredictos de dudosa competencia y no encasillar a ningún individuo en afecciones que no padece. Solo un experto en psicomotricidad puede orientar a niños y padres de la forma más oportuna y amparar a individuos diagnosticados erróneamente.

Y sobre todo, brindar un tiempo prudencial a que el niño miedoso se adapte advirtiendo a los papás que es una práctica positiva enfrentarlos a sus miedos para que puedan superarlos. Si con nuestra ayuda y consejo el miedo del niño se perpetua y tampoco percibimos mejorías, dirigir el caso a  la consulta con un psicólogo es lo más conveniente, y si es posible intentar llevar a cabo una colaboración conjunta e integrada.

Clase de Ballet

Ballet Barre None

Eileen Juric encontrado una necesidad de reestructurar la forma en que se enseñaba ballet a los estudiantes jóvenes y ha desarrollado su propio estilo de enseñanza en los últimos ocho años. Su método se llama Ballet Barre None.

Eileen Juric estudió con algunos de los maestros de ballet más importantes del mundo, tanto en la Joffrey Ballet School y en la School of American Ballet y sabe mejor que nadie los protocolos del ballet tradicional. No obstante, la idea de su método es enseñar a los estudiantes cómo controlar su cuerpo por su cuenta antes de la introducción de la barra como herramienta de ejercicio.

Su enseñanza se centra en el desarrollo muscular por igual en ambos lados del cuerpo y a veces implica trabajar tumbado en el suelo. No hay contacto con la barra.

“A menudo, los niños están fascinados inicialmente por la barra”, afirma, señalando que los estudiantes más jóvenes tienden a cogerse de la barra como una muleta. Pero los efectos secundarios sobre la necesidad de la hora de clase limitada la llevó a renunciar a la barra por completo.

Pero naturalmente, Ballet Barre None no está diseñado para eliminar para siempre la barra, ya que, si un estudiante decide perseguir objetivos profesionales se debe empezar a añadir el trabajo de barra en clase. Ballet Barre None se aplica en los periodos de transición entre el inicio y la formación avanzada relacionando el ballet con otros tipos de movimientos.

Por mi parte, supongo que somos muchos los que llevamos implementando el uso exclusivo del centro de clase por diferentes motivos: por cuestiones de tiempo principalmente, y porque en  los colegios no hay barras ni tampoco existe el interés en promover la danza de manera efectiva, de modo que hay que adaptarse a trabajar sin ella; y por otro lado, desde mi punto de vista no es posible imponer un trabajo de barra a niños menores de 8 o 9 años, de modo que el Ballet Barre None no es ninguna invención extraordinaria. No obstante animo a revisar el método y a sacar ideas provechosas. El método tiene una serie de 3 DVD y una web.

El Método no aplica directamente la utilización del dispositivo de apoyo
Salud y Cuidados

El pie plano

Por Maria Doval

Es cierto que un determinado porcentaje de la población tiene los pies planos, y también es una realidad que gran parte de esta gente no lo sabe.

Ahora bien, los pies planos pueden corregirse a edades precoces (y solo en algunos casos), y es importante que observemos los niños que llegan por primera vez a clase de ballet y advertir a los papás si fuera oportuno, ya que muchas veces éstos no toman en cuenta esta afección sencillamente porque no causa dolor – excepto que el sujeto sea obeso -, o bien porque no manifiesta inconvenientes en otros ámbitos.

Un pie plano no es tan difícil de identificar, incluso podemos hacer un sencillo ejercicio visual cuando andamos por la calle y podremos percibir aquellos elementos que tienen pies planos: rodillas vencidas hacia adentro, gente que camina con las puntas de los pies hacia fuera (sin tratarse de su en-dehors, evidentemente), arcos vencidos, caminar con las puntas de los pies hacia adentro, o bien, lo que habitualmente llamamos as pernas tortas.

Las bailarinas tenemos un andar esbelto y nuestros zapatos jamás denotan una mala pisada, pero hay que aclarar que si bien la práctica del ballet es beneficioso para los pies, las bailarinas por naturaleza no tenemos enfermedades de estas características. El ballet puede ayudar a los niños con esta enfermedad, pero no podemos fomentar perspectivas de una carrera profesional en la danza a estos alumnos, ya que la exigencia de la danza profesional no contempla a individuos con estas dolencias, ni pueden alcanzar el rango de pies que una compañía de danza exige para sus bailarinas.

Pie Plano

El pie plano no es un impedimento para llevar a cabo una vida normal, pero puede ocasionar un andar antiestético que puede acomplejar al individuo, la aparición de juanetes, dedos en garra, malestar en las rodillas o padecer dolores en casos de sobrepeso; por eso lo más aconsejable es tratarlo según lo indicado por el traumatólogo, con un dispositivo ortopédico si fuera necesario y con ejercicios específicos.

Lo que es altamente recomendable es la práctica de la danza desde edades tempranas para prevenir el pie plano en los niños más pequeños, y para fortalecer aquellos pies que ya no tienen solución posible, pero que si pueden lograr que no sufran dolor a largo plazo.

Salud y Cuidados

Alteraciones del Desarrollo Psicomotor

Por Maria Doval

Cuando nos referimos a trastornos o alteraciones del desarrollo psicomotor en los niños, siempre nos resulta inquietante tanto a los padres como a los maestros. Obviamente no se trata del retraso que puede suponer para el niño en la clase de danza, sino que hablamos de desequilibrios del desarrollo psicomotor ordinario que interfiere en actividades cotidianas o menos complejas, y que por ende se manifiesta también en las clases de ballet.

La mayoría de las veces, se trata de trastornos sin base orgánica, y llegan a clase bajo diversas circunstancias: para recibir una estimulación a través de la danza -normalmente recomendado por pediatras o terapeutas – o bien, los padres no reconocen los inconvenientes del niño en determinadas áreas y es el profesor de danza quien debe recomendar un tratamiento conjunto con apoyo médico y/o psicológico.

Asimismo, los niños que padecen alteraciones manifiestan diferentes conductas en clase: por un lado, están aquellos que a pesar de presentar mayores dificultades con respecto al grupo disfrutan de la clase y por tanto la danza resulta un aliciente; y por otro lado, están aquellos que se sienten aquejados por su torpeza y acaban rechazando la danza sencillamente por inhibición. En estos casos, los niños suelen poner pretextos tales como “el ballet es aburrido”,“no me gustan mis compañeros” o “el profesor me grita” cuando en realidad el niño no se siente socialmente adecuado.

Que actitud se debe tomar en clase frente a niños con estos trastornos?

En primer lugar observar atentamente cada nuevo alumno: cuando trabajamos con niños es primordial anticiparse a captar cualquier tipo de alteración psicomotora o retraso en ciertos campos y puntualizarlo detalladamente ante padres o tutores.

Los trastornos más frecuentes son inestabilidad motriz, trastornos de la coordinación dinámica, estática y postural, trastornos en disociación de movimientos, o simples descargas motrices que suponen frustración, ansiedad, o pautas depresivas (como chupar el dedo, o como el caso de una alumna mía que chupaba las mangas de su maillot hasta dejarlo empapado)

También hay ocasiones en que llegan niños con fobias de tipo social que les impide bailar y se muestran incapaces, por tanto su incompetencia en clase es derivada de un miedo que debemos precisar bajo diferentes criterios de estímulo. O incluso, niños con retraso madurativo leve que con tiempo suficiente y soportes profesionales son habitualmente reversibles.

En segundo lugar, no es recomendable fomentar diferencias de ninguna índole con respecto al grupo, lo cual comprende que no debemos sobreproteger a ese niño, ni tampoco ignorarlo esperando a que mejore por sí solo. Es necesario integrarlo en el conjunto de sus compañeros y apoyarlo en cada dificultad, dando tiempo a su evolución.

Conclusión:

La estimulación temprana es vital para que todos los casos de alteraciones se enfoquen bajo el diagnóstico y tratamiento adecuado, y si nuestra labor está apoyada por padres y médicos las posibilidades de mejoría y adaptación del niño estarán garantizadas.

Clase de Ballet

El Port de Bras

Por Maria Doval

Es cierto que una de las cualidades más valoradas de una buena bailarina son las características de sus brazos y como hace uso de ellos a través de la técnica y su expresividad. Y en este sentido, es muy importante su longitud y trascendencia, ya que acentuará la belleza del movimiento en general.

Pero aquello que a priori parece una ventaja, a veces resulta más complejo de lo que parece a simple vista: quienes contamos con una longitud de brazos mayor a la estándar debemos aprender a atravesar recorridos superiores y controlar una mayor amplitud de movimiento, lo cual supone un extra de esfuerzo y de tiempo para hacer lo mismo que un brazo normal. Incluso, la más mínima falta de control hace que se vean flojos o inconsistentes. De modo que aprender a manejarlos es un poco más difícil que para el resto de las personas, pero podemos hacer de ellos una gran virtud si sabemos sacarles el debido provecho.

También los brazos son extensiones de nuestra propia personalidad, y en ellos se manifiestan los sentimientos y el lirismo del bailarín, de modo que en su forma de expresión pueden decir mucho sobre nosotros mismos. Y si miramos con atención, veremos que las manos de las bailarinas de ballet son realmente exquisitas, como resultado de su belleza y sensibilidad artística.

 

Ahora bien, hay formas prácticas de mejorar el port de bras y de potenciar aquello con lo que contamos. En primer lugar hay que tener en cuenta la anatomía del torso y su conexión con las extremidades: esto implica que la alineación correcta será la base de todo buen port de bras y de que éste se desarrolle sin tensiones. Ser conscientes de utilizar la respiración para iniciar un movimiento nos aporta la energía adecuada para crear formas fluídas, armónicas y proporcionadas con el resto del cuerpo. Y en segundo lugar hay que saber evitar la rigidez en hombros y manos, de la misma manera que se debe aprender a utilizar los codos según la postura o posición que se trate.

Asimismo, el ritmo musical y la intención de movimiento será variable, para lo cual los brazos tienen que saber matizar con gracia y precisión la diferencia entre en adagio o un allegro, o bien, una révérence de una preparación inicial.

Mover los brazos con destreza y sutileza puede llevar años de estudio, y nunca debemos priorizar el trabajo de las piernas sobre éstos, ya que un brazo inútil o mal colocado puede arruinar completamente un ejercicio haciendo que las extremidades inferiores resulten totalmente frustradas. En la práctica de un buen bailarín no debe haber rangos, ya que todo su cuerpo compone la totalidad del movimiento.

Y por último, hago hincapié en la repetición de estiramientos específicos antes, durante y después de clase, ya que unos brazos flexibles siempre tendrán mayores recursos para hacer un óptimo port de bras.

General, Salud y Cuidados

Niños sedentarios

Es una creencia común que, cuanto más corren y saltan los niños, mejor lo pasan. Pero no todos los pequeños son «torbellinos» que no paran, ni todos disfrutan con los juegos que requieren ejercicio físico. Algunos niños los rechazan porque se sienten torpes, inseguros, porque no han tenido suficientes experiencias motrices… Se sienten más a gusto realizando actividades más tranquilas.

Percibimos el carácter de los niños desde que son bebés. Los hay tranquilos, que se quedan plácidamente en la cuna y, en la interacción, sonríen, miran, balbucean. Pueden pasar mucho tiempo mirándose las manitas o se entretienen observando un móvil. Otros, por el contrario, agitan las piernas y se mueven sin parar cuando los miran y, así, provocan que los cojan. Los dejan en un rincón de la cuna, y aparecen en el lado contrario.

Pero, aparte del propio carácter del niño, hay diversos factores que favorecen o dificultan el desarrollo psicomotriz. Uno de ellos es la cantidad de experiencias motrices que ofrecen los padres al bebé: si lo dejan la mayor parte del tiempo tumbado o sentado o bien permiten que pase ratos en el suelo y que tenga, así, la oportunidad de ejercitar la coordinación y el equilibrio, al experimentar cambios posturales (de sentado a tumbado, de tumbado a sentado, de rodillas a sentado o de pie…). Otro factor importante es el entorno físico del niño: si vive en un lugar más cálido o más frío; si está o no en contacto habitual con superficies que favorecen el desarrollo psicomotriz, como la arena de la playa; si pasa mucho tiempo en casa o, por el contrario, sale con frecuencia a la calle o al parque y corre por distintas superficies y pendientes, se sube a los sitios, salta… También influye si el niño gatea mucho (con el consiguiente desarrollo psicomotor, de coordinación de manos, vista y piernas) o no lo hace. O si sus padres son jóvenes o mayores, personas activas o pasivas.

Niños a los que no se les da bien el ejercicio físico

Pero algunos niños, a pesar de que acumulan mu­­chas experiencias motrices, se muestran torpes, len­­tos, descoordinados y tienen mal equilibrio, por lo que tropiezan, se caen, chocan y se golpean con frecuencia. Las razones pueden ser por: su desarrollo visual no se corresponde con el de su cuerpo, tienen tapones en los oídos y por eso caminan más inseguros y con menos equilibrio, tienen los pies planos, son más hipotónicos… O, simplemente, niños que tardan más en organizar su esquema corporal. Estos niños aprenden a permanecer quietos. Desarrollan juegos que exigen estar tranquilo (juegos de mesa, trabalenguas…). En el recreo, prefieren intercambiar cromos o canicas que jugar al fútbol, o hablar con las amigas y cantar que jugar al pilla-pilla. Pueden ser grandes lectores, grandes dibujantes. Disfrutan mucho más con actividades sedentarias y como no se sienten seguros en juegos de ejercicio físico, los evitan. Es una actitud que no tiene por qué suponer un problema, salvo en el caso de los individuos con riesgos de obesidad (que además ya estará advertido por el pediatra)

Para que un niño que evita el ejercicio físico se acostumbre a realizarlo e incluso llegue a disfrutarlo, más útil que forzarle es invitarle a participar poco a poco, sin presionar, y poner de relieve el beneficio de la compañía o de la pertenencia al grupo, puesto que partimos de que no obtiene el placer derivado del propio ejercicio.

Consecuencias del sedentarimo infantil

El sedentarismo dificulta el desarrollo óseo normal de la columna vertebral, conlleva la pérdida de fuerza y resistencia muscular, además de incrementar las enfermedades cardiovasculares y el riesgo de depresión.

Se ha comprobado que la incidencia de dolencias de columna aumenta a partir de los 10 años, por ello las campañas de prevención y promoción de ejercicio físico regular deben enfocarse a los escolares de menor edad ya que es más fácil mantener la práctica de este hábito cuando se inicia en la infancia.

Adaptación de texto de ConMisHijos.com