Los niños en la danza: Crear puentes de comunicación entre padres y profesores

Por Maria Doval

Pensar que todos los padres que llegan por primera vez a las clases de ballet con sus pequeños han recibido suficiente información sobre nuestra disciplina sería utópico. Pero obviamente, tampoco se pide que los papás tengan que estudiar un tratado sobre la práctica de la danza clásica antes de introducirse en la materia, sino lo que pretendemos es compartir con ellos la educación artística de sus hijos/as, y que colaboren en los procesos de aprendizaje  animándoles a establecer un diálogo positivo entre niños, padres y profesor consolidando vínculos de confianza, y estableciendo los recursos apropiados. Debemos tener en cuenta que si el profesor está mejor informado del entorno del niño y de sus capacidades de aprender, podrán actuar de la forma más conveniente y de acuerdo a sus posibilidades.

¿Cuál es el propósito? Fundamentalmente velar por el bien de los pequeños y ayudarles a que tengan un experiencia favorable y beneficiosa durante el periodo de su vida que dediquen al ballet.

Por mi propia experiencia puedo afirmar que la falta de diálogo con el maestro y la ausencia de conocimiento por falta de los padres, ya sea por desinterés, por falsas creencias, o simplemente por miedo a establecer contacto, se traduce en:

1. Fomentar en el niño falsas expectativas, antes de saber si el pequeño está cualificado o no. Los padres deben mostrar interés y ser conscientes de la situación de su hijo y de las posibilidades que tiene de bailar, ya sea como profesión o afición. Se dan casos (según la Prof, Julia Resina) en los que los padres no quieren ver el problema de sus hijos, les dan la razón en todo y culpan por ello al maestro, sin preocuparse de tener una información previa, El maestro de convierte en enemigo y no en aliado de los padres.

2. Crear en el niño ansiedad por bailar y en ejecutar “pasos difíciles”, desconociendo que la danza tiene determinados tiempos y estructuras, y que los niños requieren adaptación y paulatina madurez para afrontar la nueva tarea de bailar.

3. Pensar que la danza es una tarea sencilla desconociendo absolutamente que el trabajo es bastante arduo. (Léase también “Porque se abandonan las clases de ballet” )

4. Sentarse a mirar una actuación del niño en forma examinatoria, fomentando miedo e inseguridad, y no dejar que el niño disfrute con alegría de sus primeras experiencias en el escenario. Esto podría evolucionar a corto y medio plazo en la aparición de síntomas relacionados con el miedo o pánico escénico, difíciles de erradicar y perjudiciales para el desarrollo del individuo en las artes escénicas o en cualquier actividad que suponga exposición a otros grupos de personas.

5. No comprender que la danza es una tarea rutinaria que requiere de repeticiones múltiples, pensando que el niño debe aprender pasos nuevos continuamente, frustrándole en sus logros. Los niños, sobre todo los más pequeños, necesitan crear hábitos de entrenamiento, lo que les aportará seguridad y confianza para ir introduciendo lentamente nuevas habilidades.

6. En las reuniones de padres no se pronuncian dudas, inquietudes o desacuerdos. Se habla a espaldas del maestro y se corroe así el entendimiento y la buena educación dentro de la comunidad. También se manifiesta a menudo el uso de un “doble lenguaje” (en palabras del Profesor Bernabé Tierno) que nos aleja del principio de sinceridad mutuo. Esto implica no decir lo que se piensa con franqueza lo que disminuye la capacidad de dialogo y acuerdos entre padres y maestros.

7. Pensar que el profesor de danza debe actuar como psicólogo en las más variadas dificultades de la conducta infantil cuando no tenemos obligación, competencia ni acreditación que así lo disponga. Niños con problemas de conducta deberán ser remitidos a los profesionales cualificados según lo disponga el médico de cabecera u orientadores escolares, y no serán admitidos en clase en tanto no reciban la guía psicológica y/o psiquiátrica que confirme que está capacitado para asistir a clases de ballet sin obstaculizar el aprendizaje de otros niños. También téngase en cuenta que la familia es un punto de referencia  principal para el niño. Su principal incentivo y modelo lo encontrarán en sus padres.  Ante situaciones de inadecuación social deberá hacerse un estudio que incluya padres e hijos de forma externa y al margen de las clases de ballet.

8. Tratamiento discriminatorio o diferencial hacia el profesor cuando se trata de una mujer, situación que no se produce cuando el docente es masculino, lo que induce a interiorizar en el niño estereotipos de género y asimismo, origina una discriminación y/o  devaluación de la danza en relación con otras asignaturas.

9. Desvalorización de la carrera profesional de danza y de los conocimientos del profesor en la materia, considerándolo menos capacitado que otros profesionales de la enseñanza.

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Fotografía de Keith Dixon

Como se puede apreciar, hay pensamientos opuestos, contradictorios y carentes de toda lógica y veracidad.  Afortunadamente estos sucesos no cursan siempre, ni se dan en todos los ámbitos o entornos educativos, pero en ciertas ocasiones es mucho más habitual  de lo que se supone. La danza académica es una realidad tan compleja como la sociedad misma en su interacción, evolución y enseñanza, siendo variable según los diferentes entornos y patrones culturales, y su éxito o rendimiento es proporcional al nivel de evolución de las comunidades de individuos donde se desarrolla.

El acercamiento a la danza de grupos sociales que antes no tenían acceso a ésta marcan este tipo de conductas. El auge de las comunicaciones, sumado a series de televisión, y productos que venden ballet con fines comerciales – no artísticos – , ha traído una nueva ola de interés en el sector por parte de colectivos que, en otras épocas, no hubieran llegado siquiera hasta la puerta de una escuela de ballet.

Y dentro de estos nuevos colectivos, hay gente con suficiente categoría humana e interés que desea escuchar y aprender, otros que lamentablemente tienen violentos arrebatos de incultura que nos impiden dialogar, y algunos que no quieren admitir su desinformación en el área ni se abren al diálogo, formando corrientes de opinión falsas carentes de criterio y fundamento. (Léase también “Falsos mitos sobre la práctica del ballet” )

Por supuesto que en Rusia y en otros países la danza es popular y cotidiana. Pero estamos en España, en una sociedad muy diferente a la rusa y la realidad que se aprecia en nuestros ámbitos obreros y rurales es muy opuesta. La carencia de formación académica no debiera estar reñida con educación y las maneras, pero lo cierto es  que la estadísticas confirman lo contrario. Y por ende, se hace más complejo para el maestro trabajar de forma unilateral con los alumnos, sin recibir el apoyo moral de las familias y/o escuelas cuya instrucción en civismo y disciplina se pasan a menudo por alto, o no se tienen en cuenta.

Por un lado, se conoce explicitamente que el consumo de nuestro arte es de carácter históricamente elitista. De esta manera, aparecen individuos que utilizan las clases de ballet de sus hijos/as como falsa herramienta de ascenso social y/o cultural que carecen de un interés efectivo en la formación del niño. Resulta inusual que este tipo de sujetos demuestre autentico inclinación hacia la materia.

Otros apuntan a sus hijos a clases de ballet, pero no tienen idea de lo que es, ni en que consiste, se apuntan sin más “para ver que pasa”

Y otros, y en el menos frecuente de los casos, inscriben a sus hijos porque quieren enriquecer su formación y saben que la danza es una excelente forma de establecer rutinas de trabajo y normas de socialización, al tiempo que se introduce al  niños en sus primeros contactos con las artes. Este nivel suele corresponder a individuos de formación universitaria o bien, ocupan puestos de responsabilidad y competencia en su ámbito laboral.

En definitiva, la única constante es el nexo de unión entre la disciplina y los individuos, representada por el maestro, cuyo vínculo es necesario fortalecer, renovar y mantener por el bien común con las únicas herramientas eficaces que tenemos a nuestro alcance: el respeto, la educación y la cooperación mutua.

La danza es una manifestación artística y cultural que debemos construir entre todos. La danza requiere un modelo de educación coherente donde el desierto en torno al dialogo con un maestro que actúa solo, aislado e incomunicado de los distintos agentes que participan activa o pasivamente en la labor, no tendrá posibilidades ni futuro de concebir una misión provechosa y formativa que aspire a mejorar el acervo cultural de las nuevas generaciones.