Miedo a la clase de ballet

Por Maria Doval

Para algunos niños de entre 2 y 4 años sentir miedo a la hora de entrar a la clase de ballet es absolutamente normal, sobre todo en las etapas de inicio del ciclo lectivo. Sentir miedo es bastante común y muy propio de esta fase de crecimiento, de modo de los padres no deben preocuparse ya que se supera la mayoría de las veces de forma sencilla y espontánea.

El miedo a separarse de los padres o entrar en un ámbito aún desconocido como la clase de ballet son los móviles que inducen a manifestar ese tipo de sentimiento que no debe inquietar en absoluto a los padres ya que podemos calificarlo como un miedo positivo y conforme a la evolución natural de los niños e inherente a esta etapa de desarrollo. También es cierto que hay niños que son más independientes que otros y no presentan este tipo de sensación al presentarse en las primeras clases. Pero es muy  importante atender a aquellos cuyo miedo perdura de forma desproporcionada en el tiempo o les suscita un estado de ansiedad desmedido, no adecuado a la situación que la clase de danza supone.

Qué debe hacer el profesor frente a casos de difíciles de encausar?

En primer lugar, debemos ajustarnos a nuestra profesión y cometido. Esto significa que somos maestros, algunos con mayor o menor grado de experiencia en niños y bebés, pero no psicólogos de profesión. Asimismo, debemos poner en juego nuestro conocimiento y alcance pedagógico para integrar, orientar y ayudar a cada niño en su proceso de adaptación, pero no podemos paralizar o entorpecer el debido progreso de las clases para atender a casos concretos de ansiedad que se prolongan en el tiempo. De modo, que comunicarse con los padres y explicarles claramente lo que nosotros observamos en ese niño y los resultados que obtenemos es el primer paso. No obstante, es preciso analizar la actitud de los padres ante el miedo del niño, ya que si éstos fomentan miedos como prácticas educativas, o no saben alentar a sus hijos positivamente, no obtendremos resultados trabajando de forma unilateral.

En este sentido, recuerdo que he tenido una alumna de 4 años cuya madre inducía el miedo de su hija – tal vez inconscientemente – y en el transcurso de los meses la situación de inseguridad de la niña se incrementaba dificultando los procesos de aprendizaje del resto del grupo. Evidentemente, si esa mamá no buscaba ayuda de un psicólogo no podía continuar trayendo a su hija a las clases. Esto implica que si los padres no están dispuestos a reconducir determinadas situaciones o conductas, nuestro quehacer como profesores ha terminado y debemos abocarnos a priorizar nuestra labor sobre padres y niños con intereses eficientes hacia la danza, que es la principal razón que nos convoca en clase. Estas dificultades de adaptación no resueltas, o sin vías de resolverse, conllevan la paralización constante de los ejercicios, pérdida de atención del grupo, entradas y salidas de padres del aula y un ambiente escolar cercenado y limitado por cuestiones ajenas a la danza.

También es verdad que la danza actúa como terapia en muchas situaciones y problemas de conducta infantiles, siempre y cuando la clase de ballet se desarrolle bajo determinados fundamentos, criterios de orden y cooperación entre padres, maestros y alumnos.

Tipos de miedos según la edad

Entre los 2 y 4 años el miedo a lo desconocido o perder de vista a sus papás durante un breve lapso de tiempo puede causarles miedo y angustiarles. Pero en la medida en que se establecen vínculos con su maestro y compañeros de clase, el miedo y la inseguridad desaparecen y despiden a sus padres con alegría frente a la puerta del aula de ballet

Entre los 5 y 6 años aún están muy apegados a sus papás, pero ya cuentan con un grado de reflexión mayor y conforme avanza el curso adquieren un mayor autonomía.

Entre los 7 y 12 años comienzan a manifestarse miedos de otra índole. Ya saben que sus padres no se marchan a ninguna parte, de modo que les preocupa la posible falta de habilidades sociales o físicas en la danza, y cuyo miedo hay que tratar bajo otros criterios si el rendimiento del alumno se viera mermado por alguna de estas razones.

Cómo ayudar a los niños con miedo

Identificar lo que les produce miedo a los más pequeños de forma concreta a veces no es fácil ya que no saben expresarlo. Normalmente suelen pedir la presencia materna, sin posibilidad de dar más detalles del motivo. En este caso, debemos dar tiempo a nuestra observación y estar muy atentos sobre las situaciones que desencadenan esa leve crisis de miedo. A menudo pueden sentirse abatidos por compañeros agresivos o bulliciosos, o se muestran sensibles y mediatizados por las actitudes y talante del profesor. De esto se deduce la necesidad de mantener la concordia y la integración entre los diferentes miembros del grupo y de esta manera ayudar a los más pequeños a tener una experiencia relajada y feliz en la danza.

La comprensión de sus limitaciones debe ser prioritaria, si regañamos a un niño miedoso o bien, le avergonzamos frente al grupo, evidentemente estaremos causando un efecto altamente negativo mermando su confianza. Lo prioritario es fomentar gradualmente su autoestima y saber elogiar sus logros para ir construyendo su autonomía de forma equilibrada y conforme a lo que se puede esperar de él según su edad.

Y puedo afirmar con conocimiento de causa que no siempre miedoso es sinónimo de torpe o patoso. A menudo, muchos educadores infantiles no pertenecientes a la pedagogía del movimiento suelen etiquetar a este tipo de niños sin tener la necesaria cualificación, causando preocupaciones en padres y diagnósticos falsos. Por ese motivo es indispensable pedir una evaluación a un profesional del movimiento para verificar aquellos veredictos de dudosa competencia y no encasillar a ningún individuo en afecciones que no padece. Solo un experto en psicomotricidad puede orientar a niños y padres de la forma más oportuna y amparar a individuos diagnosticados erróneamente.

Y sobre todo, brindar un tiempo prudencial a que el niño miedoso se adapte advirtiendo a los papás que es una práctica positiva enfrentarlos a sus miedos para que puedan superarlos. Si con nuestra ayuda y consejo el miedo del niño se perpetua y tampoco percibimos mejorías, dirigir el caso a  la consulta con un psicólogo es lo más conveniente, y si es posible intentar llevar a cabo una colaboración conjunta e integrada.